Pozo deja a la Liga 1|2|3 sin su magia

31 de agosto de 2015. Sobre la bocina, Alfonso García Gabarrón realiza su última gran apuesta por la UD Almería. En el último minuto del mercado veraniego, incorpora a José Ángel Pozo, un joven mediapunta procedente del Manchester City que llega sin demasiada experiencia y avalado por poco más que su anuncio junto a Pablo Maffeo del Cola Cao. Tan solo unos días después, deja la primera muestra de su calidad. Ingresa en el terreno de juego del Estadio almeriense en un encuentro que marchaba con empate a 1 en el marcador ante Osasuna. Sustituye a Eldin y el primer balón que toca es para recibir, driblar y anotar un auténtico golazo desde la frontal que da la victoria a su equipo. Se trata de un jugador especial, de aquellos a los que puedes amar o incluso llegar a odiar, porque con el no ha existido prácticamente un término medio.

Desde entonces, hace tres años ya, la progresión de Pozo como futbolista ha sido constante. Cada temporada sus prestaciones han ido creciendo, y no sólo en números (2 goles y 8 asistencias en su última temporada) sino en el peso de su juego en el equipo y el respeto infundado en sus rivales, que ya lo reconocían como aquel jugador de la UD Almería capaz de hacer cambiar el signo de los encuentros.

Tras una primera temporada decepcionante del equipo, en la que la plantilla tenía capacidad para mucho más, paulatinamente la UD Almería ha ido perdiendo calidad en sus plantillas, probablemente por muchos factores: económico, de ilusión, organización y quizá un largo etcétera. Desde entonces, el caminar del equipo por la categoría de plata ha sido un suplicio para sus aficionados, salpicados por la desidia transmitida por sus jugadores, por su club. En un panorama oscuro, José Ángel Pozo se ha comportado como un duende, ofreciendo luz en esa oscuridad. De aspecto diminuto, débil y con el físico como talón de Aquiles que poco a poco ha ido reforzando, el mago malagueño ha ofrecido un repertorio de fútbol que sólamente él ha desplegado en las últimas dos temporadas. Con desparpajo, su habilidad con el balón siempre le ha permitido usar sus movimientos como los del bailarín que domina el baile, escudo protector ante los rivales. El balón era la varita mágica y su imaginación hacía el resto.

Por la izquierda. Por la derecha. Aprovechando el lugar en el que se abriese el hueco. Quique González disfrutó de la capacidad para encontrar sus espacios o los de compañeros a los que facilitar la asistencia al delantero hace dos temporadas y en la recién finalizada fueron ocho las asistencias repartidas por un futbolista dotado de la facilidad para ver el fútbol que otros no poseen. Sin embargo, el peso del joven futbolista es mucho mayor que aquel que los números arrojan. Esto es fútbol, no son matemáticas. La capacidad de influencia en el juego del equipo constituye sin duda un efecto diferencial y ésta es la mayor virtud de José Ángel Pozo, que deberá pulir su resistencia física al esfuerzo para completar las características de un futbolista completo dispuesto a triunfar en la élite.

Que así sea, querido José Ángel Pozo. Porque desde ayer, la Liga 1|2|3 se encuentra huérfana de la calidad de un futbolista eminentemente diferencial en la categoría. De uno de los pocos tocados con una varita para distribuir magia con sus botas. Los amantes del fútbol de plata te echarán de menos. En el Rayo y en la Liga Santander han de estar de enhorabuena. Se llevan una perla que debe explotar en la cima, en una categoría en la que a priori disfrutará de mayores espacios y defensas menos férreas que deberían permitir que su fútbol brille con más fuerza de la que ya lo hacía en Almería. Goodbye, Pozo.

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