Manuel Mosquera y la mano gigante 

El Extremadura está viviendo envuelto en el optimismo. En la fe, podría incluso afirmarse. Uno de los grandes responsables es Manuel Mosquera. El técnico llegó a Almendralejo hace menos de dos meses y en siete semanas ha transformado pesimismo en esperanza. Su discurso, además de motivador, demuestra ser sincero y, con ello, convincente. Y en él, la mano gigante con la que representa a la afición azulgrana, imprescindible figura. Quedan 7 finales. Con Manuel, en 7 partidos, cuatro victorias y un empate. Aún queda camino, pero el sendero ya está trazado.

Crecer y creer en la dificultad 

El discurso. La oratoria con objetivo de calar en un grupo. En el caso de Manuel, su discurso pretende alcanzar a todo aquello que afecte al club azulgrana. No sólo al vestuario, que también. En este, ha querido implantar el convencimiento de sus capacidades. Y hacerlo en todos y cada uno de sus hombres. Un líder, consciente de la importancia de que todas sus piezas encajen y se alisten a la batalla. Por eso, desde el principio, aclaró que todos serían importantes. Y lo ha cumplido.

Manuel Mosquera

Manuel Mosquera y la mano gigante

Confianza. Manuel Mosquera se ganó la confianza del vestuario. La de la ciudad, de inicio, la poseía. Su pasado en Almendralejo le avalaba. Pero no por ello se olvidó de ella. De la mano gigante que debe guiar desde la grada, desde el entorno, el camino de su equipo. Y ya lo tenía todo. Todos los ingredientes para que su mensaje se convirtiese en convencimiento.

Con las ideas claras, con un fútbol adaptado a su equipo y a la categoría con trabajo constante y esmerado en convertir a un grupo de jugadores en un equipo solvente, sólido y fiable. Las adversidades llegarían, pero para ellas había trabajado el mensaje. La confianza. Por eso, el Extremadura crece en la adversidad. Porque cree en lo que hace. Todos y cada uno en el club. Creen en sus posibilidades, en su trabajo, en su capacidad. En la de cada uno de forma individual y en la del grupo.

Y la mano gigante, empujando 

Y en ese grupo, la importancia de los aficionados, exponencial. Una ciudad volcada con su equipo. Ilusionada con su club, con hambre de fútbol profesional. Y rendida a su equipo y a su entrenador. Una mano gigante con la que todo es más sencillo. Porque no juegan, no saltan al terreno de juego, pero son un jugador más. En Extremadura, la figura del jugador número 12 es real. Y tiene representación: una mano gigante que todo lo puede. Y que está empeñada en llevar a su equipo, al Extremadura, a la salvación.

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