Diciembre de 1959. William Shankly, más conocido como ‘Bill’ Shankly, tomaba los mandos de la parcela técnica del Liverpool FC. Por aquel entonces, el equipo de Merseyside se encontraba sumido en una situación crítica. Hundidos en la segunda división inglesa, con serios problemas internos, tanto a nivel de infraestructura (el estado del césped de Anfield y el de la ciudad deportiva de Melwood distaba de ser óptimo para el desarrollo del juego) como a nivel de fútbol (los resultados no acompañaban y el nivel de la plantilla era considerablemente inferior al requerido para lograr el ascenso). Naturalmente, el indiscutible objetivo de los reds era el regreso inmediato a la máxima categoría del fútbol inglés, aunque la prioridad en ese preciso momento era salvarse para intentar subir la temporada siguiente.

El preparador escocés revolucionó por completo al grupo. Llevó a cabo una considerable limpieza de plantilla e impuso nuevos métodos de concentración y entrenamiento. Modificó hasta la indumentaria de juego del equipo. Dos años después, el Liverpool regresó a la First Division. En 1965 conquistaron la FA Cup; y en 1966, el título de liga inglesa. Proceso, paciencia y fe. Precisamente, tres palabras que el Consejo de Administración del Club Deportivo Tenerife parece desconocer

Despido precipitado

El pasado 17 de noviembre de 2019, la cúpula de la entidad insular tomó la decisión de prescindir de los servicios de Aritz López Garai, quién había sido designado por Víctor Moreno -director deportivo- como el elegido para dirigir el nuevo proyecto blanquiazul. Un proyecto que duró poco más de tres meses. De esta manera, caía el ¡decimonoveno! entrenador de la era Miguel Concepción, que lleva catorce años al frente de la nave. La consigna básica del nuevo proyecto de Moreno era, como no podía ser de otra manera para cualquier equipo histórico de La Liga SmartBank, el regreso a la máxima categoría del fútbol español.

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López Garai, en su llegada al aeropuesto de Tenerife Norte // Imagen: CD Tenerife

No obstante, la planificación deportiva de la temporada no resultó precisamente esperanzadora. La ausencia de fichajes de renombre, las concesiones a otros equipos de Segunda en el mercado estival (Caye y Alejo acabaron en Cádiz, Longo en el Dépor, Narváez en la isla vecina…) y la escasez de canteranos en la plantilla no terminaron de esperanzar a una afición blanquiazul que venía bastante alarmada por el dramático desenlace del pasado curso. Sólo la continuidad de Luis Milla maquilló lo que fue un mercado de traspasos, a todas luces, decepcionante. Y a pesar de todo ello, fue el ex-entrenador del Numancia el que pagó los platos rotos en la isla.

Sin resultados, pero con una idea clara

Si bien es cierto que los resultados no eran precisamente halagüeños (tres victorias, seis empates y siete derrotas), la imagen del combinado insular no era en absoluto negativa por aquel entonces. De hecho, horas antes del cese, el Tete acababa de cosechar un valioso empate ante el intratable líder de la categoría, el Cádiz, brindando además una actuación bastante convincente a sus aficionados. Otros brillantes partidos, como las victorias en el Belmonte (0-4) y en el Anxo Carro (1-4), avalaban la idea de juego de Aritz. Y la sensación que transmitía el equipo era de que, si se lograban modificar ciertos aspectos de la plantilla (la llegada de un lateral izquierdo y un motor ofensivo se antojaba obligatoria), el equipo podría aspirar a cotas más altas.

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Sin embargo, imperaron las prisas. En una era en la que la inmediatez en los resultados manda por encima de cualquier otra cosa, la entidad decidió cortar de raíz un proyecto que daba sus primeros pasos. Y no para seguir por la misma vía, sino para dar un volantazo gigantesco hacia unas directrices futbolísticas radicalmente antagónicas a las del preparador vasco. Tras el período de transición, protagonizado por Sesé Rivero (una victoria en Gijón y una derrota ante el Almería), Rubén Baraja fue designado como nuevo técnico tinerfeñista. Un entrenador, como citamos previamente, totalmente opuesto a López Garai en lo que a propuesta y métodos se refiere.

El vallisoletano decidió asumir la ardua labor de rescatar a un equipo hundido, con una plantilla preparada para desarrollar un estilo de juego que poco tiene que ver con el que a él le gusta practicar. Poco después de su contratación, bochornosa derrota en Málaga. La semana siguiente, insípido empate ante el Alcorcón. Y por último, se cerraba la primera vuelta con una desastrosa actuación en Riazor, ante el peor clasificado de la categoría.

Un equipo sin alma

A día de hoy, el CD Tenerife es un club de fútbol carente de identidad. Ya no es ese equipo que, pese a los malos resultados, transmitía jornada tras jornada un atisbo de mejora. Ya no es ese equipo que forzaba a los entrenadores rivales a modificar su planteamiento para enfrentarse a él. Y lo más alarmante de todo es que el problema no radica precisamente en la palabra “equipo”. Tampoco en “plantilla” o en “banquillo”, sino en “institución”.

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Rubén Baraja y su cuerpo técnico, dirigiendo un entrenamiento en el Heliodoro // Imagen: CD Tenerife

Es una formación que lleva años a la deriva. Y que cada vez que logra abandonar la tormenta y encontrar un período de calma para poder cambiar el rumbo, decide por sí misma volver atrás e ingresar de nuevo en ese ciclo repetitivo que jamás termina. Por este motivo, entre muchos otros, las expectativas del combinado canario de aquí a final de temporada se resumen en conseguir el objetivo de la salvación, y para lograrlo es estrictamente necesario llevar a cabo una amplia revolución en la plantilla.

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Es por ello que se avecina un mercado invernal harto intenso para la secretaría técnica de la entidad. Es preciso dar salida a más de un futbolista para aumentar el espacio salarial (una posible venta de Luis Milla, que no ha ofrecido su mejor nivel, puede ser vista con buenos ojos). Además de incorporar varias piezas indispensables, empezando por el lateral izquierdo y la delantera. Pasando por algún jugador de tres cuartos de campo (Borja Lasso se encuentra lesionado de gravedad) y terminando por algún recurso extra de banquillo que pueda dar frescura y variantes al plan de Rubén Baraja.

Tras el cierre de la ventana, tocará hacer balance y ver si el club tinerfeño está verdaderamente preparado para permanecer en el fútbol profesional. A partir de ese punto, se alcance o no la meta de la permanencia, lo que nos queda esperar del Club Deportivo Tenerife es lo mismo de siempre: incertidumbre de cara al futuro

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