Venía la UD Almería de dos actuaciones dignas de preocupación. Una versión continuista de la pasada temporada mostrada por un Xavi García Pimienta que comenzaba a alimentar ciertas dudas. Los Embarba, Melamed o Morcillo exhibían versiones alejadas del nivel que se les presupone y ya no por su calidad futbolística, sino por unas muestras de intensidad inferiores a lo mínimo exigible. La vorágine de una ventana de mercado veraniego aún abierta, quizá.
Ahí, justo ahí, castigaron sin piedad sus rivales: CD Tenerife y CE Sabadell. Dos recién ascendidos a los que bastó ser fuerte en los duelos y elevar su efectividad en el cuerpo a cuerpo para doblegar al Almería. Quizá se trate de una explicación demasiado simplificada de lo sucedido, aunque se hace difícil alejarse de ella. Sendas derrotas por la mínima habían trasladado la preocupación a una afición, la del Almería, cada vez más hastiada de los vicios del pasado.
¿Alguna luz al final del túnel? Sí. Las apariciones, como fogones a chispazos, de dos de las nuevas piezas a disposición del técnico catalán. La electricidad de Brian Cipenga y una pequeña brújula que dibujaba atisbos de esperanza con su fútbol: Quim Junyent. Ese menudo centrocampista de 19 años que, por la sabiduría de sus botas, podría alcanzar los 33 de su dorsal. El clavo al que agarrarse, nítido: el MVP del reciente Europeo sub-19.
Quim Junyent, un perfume en frasco diminuto para endulzar al Almería
García Pimienta había dado una segunda oportunidad al bloque del Almería que cayó en Tenerife y derramó una primera mitad cercana a lo infame. No habría una tercera: ya era el momento. La revolución en el once indálico, con 7 cambios en la alineación respecto a la Nova Creu Alta, trajo consigo la titularidad de las dos esperanzas de toda una ciudad: Brian Cipenga y Quim Junyent. El partido del congoleño fue pura dinamita. Brian encaró, una y otra vez. Y causó destrozos en la defensa rival cada vez que lo hizo. La primera mitad, con triplete de asistencias, fue de matrícula de honor. La grada vibró al ritmo de Cipenga.

Pero para que el extremo bailase, alguien había tenido que poner la música. Y ese fue, sin duda, Quim. Desde el minuto 1, Junyent tomó el mando y demostró que el excelso fútbol que brota de sus botas nace en su cabeza con un segundo de antelación. Cuando el balón se acerca al menudo centrocampista catalán, él ya ha dibujado hacia donde debe virar la jugada. Siempre la opción adecuada, cabeza alta, fútbol en el horizonte. El balompié convertido en algo natural, sobrio. El murmullo en la grada, señal inequívoca de que cuando el esférico ronda el pie de ese pequeño duende, el fútbol fluye como debe.
Fue tan sólo, únicamente, la primera escena de un musical que desde ya promete convertirse en obra maestra. Con toda una carrera extremadamente prometedora por delante, Almería amenaza con convertirse en escenario de una armonía sinfónica cada 15 días. Y su afición, con una sonrisa socarrona, se relame con sólo pensar en lo que está por venir.








